XXII
Faltaban tres minutos para el descanso cuando de repente el colosal cuerpo del marcador electrónico de cuatro caras y cinco toneladas de peso, cayó desde el techo del pabellón al mismísimo centro de la pista a una velocidad que nadie habría podido concebir más endiablada. Al estruendo del impacto y la violenta sacudida del recinto sucedió el súbito silencio de todos los presentes, congelados en un instante eterno de pánico. El gigantesco mecanismo había incrustado la mitad del fuselaje en el parqué, cuyo contorno se abría levantado en azarosas láminas que amenazaban como enormes cristales rotos. Los jugadores habían corrido despavoridos a uno de los fondos. Al verlos allí apiñados predominaba en el observador la extraña impresión de ser los únicos miembros de la multitud que vestían de corto. Quizá fuera ésta la razón que animaba estúpidamente a contarlos.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve... nueve... nueve... Tan sólo nueve. No había modo de encontrar al décimo.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve... nueve... nueve... Tan sólo nueve. No había modo de encontrar al décimo.

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