VIII
Por qué no reparar unos segundos en los salvajes arrebatos que alguna vez suceden al mate en pleno fragor del juego. En la insondable naturaleza de esas terribles reacciones. ¡Observad a esas bestias!

Durante la imperceptible fugacidad de un instante, que a menudo coincide con el besar los pies el suelo, acontece en el cuerpo un fenómeno de prodigiosa intensidad y cabría dudar si distinto a lo sobrenatural. Todo sucede muy rápido: los nervios se encienden, los músculos se tensan, el corazón dispara la sangre a saciar la brutal hinchazón de las venas, la temperatura aumenta y la piel enrojece, se agota la reserva de adrenalina, la amígdala secuestra el cerebro, la mente desaparece y con ella el tiempo; se diluye el alma y el Sapiens deja de serlo.
El organismo estalla dentro de sí a tal extremo que una barra de acero que lo golpeara se partiría como un madero seco. La energía desatada en ese lapso infinitesimal habría de poder iluminar una urbe gigantesca como un fogonazo irreal y no es otra la razón de que la boca brame desencajada que rebasar esa fuerza infinita el ridículo continente del cuerpo. Sugerir que el hombre deviene entonces en alimaña es decir muy poco. Durante ese cósmico pulso el hombre trasciende la existencia real. De ahí su brevísima duración, la única posibilidad de un estado que no pertenece a esta vida.
Debería maravillar saber que el baloncesto media ese milagro, el milagro de alcanzar el hombre por un instante como un nirvana de fuego.
El organismo estalla dentro de sí a tal extremo que una barra de acero que lo golpeara se partiría como un madero seco. La energía desatada en ese lapso infinitesimal habría de poder iluminar una urbe gigantesca como un fogonazo irreal y no es otra la razón de que la boca brame desencajada que rebasar esa fuerza infinita el ridículo continente del cuerpo. Sugerir que el hombre deviene entonces en alimaña es decir muy poco. Durante ese cósmico pulso el hombre trasciende la existencia real. De ahí su brevísima duración, la única posibilidad de un estado que no pertenece a esta vida.
Debería maravillar saber que el baloncesto media ese milagro, el milagro de alcanzar el hombre por un instante como un nirvana de fuego.

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