XXVIII
A veces me pregunto qué sería del Baloncesto sin los entrenadores. Y al rato, no sin sentirme algo culpable, nada negativo resuelvo. Se me antoja al contrario tan fascinante el desenlace como un mundo donde el hombre no tuviera que comer.
Liberar al juego del gobierno de un solo individuo no es, como se apresura a creer, adentrarlo en las cavernas del caos, sino que, preservando el reglamento y los jueces, el Baloncesto sin entrenadores habría sido exclusiva cosa de jugadores, libre selección natural. Y aquellos que despuntaran en la dirección de los destinos, quienes organizaran los turnos y ausencias, los depositarios en definitiva del mando y liderazgo en el grupo, serían simplemente los más aptos para ello. Quiero creer que todo abuso sería corregido por las decisiones del común y no, como hasta ahora, por las de un solo tipo que ni siquiera juega. Sé que todo esto resulta una herejía. ¿Y acaso no lo es pensar que sin ellos el juego sería imposible o cosa de disminuidos?
Que nadie tergiverse el mensaje. No es mi intención liquidar a quienes admiro más que lamento. Pero me seduce imaginar qué inescrutables rumbos habría tomado el Baloncesto si, huyendo de la prisión táctica del capitán, fuera navegando a la deriva del vasto océano donde los jugadores pujar, sobrevivir al naufragio por obra de lo espontáneo y lo humano, en igual silvestre sentido que a todos nos cautivó alguna vez en la calle.
Pienso que esa tolerable anarquía habría dado, sobre la misma topografía de competición que conocemos, experiencias más gratas de que lo cupiéramos imaginar. Porque, si los mejores equipos que la Historia dio lo fueron bajo el influjo de una diversa represión –obra de los técnicos–, qué grado de excelencia no cabría concebir para aquellos campeones que lo fueran en completa libertad.

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